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En
estos días la prensa estadounidense se ha ocupado de hablar
sobre los matrimonios gays, aprovechando que con motivo de las
elecciones, el presidente de ese país ha manifestado su
defensa a la santidad del matrimonio, reservado, desde su
punto de vista, a un hombre y a una mujer. Esa actitud no es de
extrañar cuando viene de personas que por diversas
circunstancias no pueden ver más allá del radio de
sus propias narices. Sin embargo, es preocupante, y quizá
hasta espeluznante, que a veces haya gente gay, que exprese
abiertamente que concuerda en que el matrimonio gay es un absurdo.
¿Cómo es posible que una persona a quien le ha
tocado sufrir las innumerables injusticias e inconveniencias
sociales que todo gay enfrenta pueda ser tan ciego y quizá
demasiado terco para oponerse a un asunto al que todos, a huevo,
tenemos derecho?
Seguramente
está lejano el día en que en El Salvador se
promuevan los matrimonios gays. Nuestros principios y moral están
tan sumergidos en una autoestima tan mediocre, tan demacrada y
lamentablemente azotada por la idiotez en que nos innunda la,
dizque, Santa iglesia Católica y todas sus compiches amigas
que dicen llamarse salvadoras de almas, que el día en que
todos despertemos de esta amarga agonía de identidad
reprocharemos, como se hace ahora el racismo, la explotación,
el hecho de habernos negado la oportunidad de ser mejores hombres,
libres y con principios.
Independientemente
de que nos guste o no la idea del matrimonio entre dos hombres o
dos mujeres, los gays debemos apoyar cualquier iniciativa que nos
saque de ser un grupo que se gana la discriminación
gratuitamente, debemos reconocer que tenemos los mismos
derechos que un heterosexual. Los gays pagamos también
impuestos, votamos, contribuimos al desarrollo de un país,
etc. Entonces, por qué no podemos tener la elección
de casarnos si nos da la regalada gana. Oponerse a un derecho básico
es ser ignorante, desconocer que todos tenemos obligaciones y
también derechos. Tenemos que tener dignidad, dejar de ser
monigotes de quienes usan su saliva sólo para escupirnos y
achacarnos de que somos seres sin privilegios, producto de una
inmoralidad o efecto de una desviación. ¿Tan poco
nos merecemos? ¿Tan poca cosa nos consideramos? ¿Acaso
esas personas homofóbicas que desacreditan las relaciones
gays nos han dado un buen ejemplo? Históricamente, los
grupos de mente cerrada son quienes han protagonizado las
injusticias más decadentes, más inmorales, más
desviadas, si no, echemos un vistazo a esas suciedades que
horrorizaron la humanidad, como la inquisición española,
el holocausto, la esclavitud, la dizque cristanización del
nuevo mundo, etc.
Es
cuestión de entender que somos gays privilegiados porque
tenemos la capacidad de pensar y como tales podemos evitar que
todavía existan ideas autodestructoras entre nosotros
mismos. Apoyar los matrimonios gays no significa que todos nos
vamos a casar, significa reconocer que cada uno de nosotros somos
alguien que vale lo mismo que cualquier otro ser humano. No hay
nada más patético que ver a una persona que no se
quiere así misma, que se conforma con una miga que le den.
Los gays ya no somos los mismos ignorantes de antes, ahora
contamos con educación y un cerebro que nos indica lo que
está bien, nadie tiene el derecho de limitarnos de nada que
no nos merezcamos. Dejemos las exclusiones y favoritismos para las
épocas de las esclavitudes o para quienes todavía
quieran vivir en ese retroceso.
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