Siempre
he creído que uno debe respetar la forma de pensar de los
demás, especialmente si queremos que nuestro mundo se
convierta en uno menos violento y más sensible al
sufrimiento de los demás.
Pero con toda la buena intención que queramos
tener hacia quienes son diferentes, a veces es imposible poder
guardar respeto por quienes considerándose conservadores e
hijos de dios (con minúsculas) atacan con veneno a
lo que ni siquiera conocen. Me refiero directamente al papel de la
iglesia y sus portavoces en un mundo moderno en el que tratamos de
dejar en la historia los abusos y brutalidades en contra de
quienes son diferentes o menos favorecidos.
La iglesia católica es manipuladora. En la actualidad ya no usa
los métodos de la inquisición para castigar a
quienes la desobedecen pero usa el miedo o “temor de dios”,
como le llaman ellos, para mantener su estatus de todopoderosa.
Parece que en la actualidad el terror es la mejor manera de
mantener el poder. Y la religión lo logra muy bien.
La iglesia, sean cual sea el título que ésta ocupe: católica,
cristiana, bautista, etc., sigue, como en antaño, encargada
de destruir cualquier cosa que vaya en contra de sus
excentricidades. En el caso de la homosexualidad, la iglesia sigue
tildándola de perversión, enfermedad y ofensa contra
dios. Es cierto que la iglesia puede opinar lo que le dé
la gana, pero el problema es que su opinión daña a
terceros, no sólo a quienes no pueden defenderse porque han
sido educados bajo su régimen todopoderoso sino que también
insulta a quienes no nos metemos con ella. Si no le gustamos,
¿por qué tratarnos como demonios?
Ya está comprobado que una persona gay no causa ningún
tipo de daño psicológico a otra persona por el hecho
de ser gay e incluso se ha demostrado científicamente que
un padre o madre gay puede criar a un hijo igual que uno que sea
heterosexual. Sin embargo, está demostrado que los niños
gays que nacen en ambientes religiosos represivos sufren de
conflictos emocionales tan fuertes que a veces terminan en
suicidio, prostitución, etc.
Sabemos que nadie se hace gay por influencia de nadie. De hecho, todos
nacemos de un hombre y una mujer y por lo general crecemos con un
hombre y una mujer como padre y madre y vivimos con ello como
concepto propio de una familia correcta. Si la
homosexualidad fuera innatural, entonces no habría gays
porque el ambiente que nos rodea desde pequeños nos es
precisamente el de la homosexualidad como para pensar que el ver
homosexuales nos cambió la orientación sexual. Es más,
en mi caso personal, supe que había gays una vez que comencé
a leer en la universidad al respecto. En otras palabras, ser gay
no se aprende de nadie. Se hable o no se hable del asunto siempre
habrá gays. La iglesia piensa que viendo el asunto de cara,
aceptando que los gays somos personas normales como cualquier
otra, el mundo se va a convertir en maricón. Si de atacarse
los unos a los otros se trata, la iglesia católica debería
tener vergüenza.
Entonces, si sabemos que nadie se hace gay porque alguien hable de
ellos en la televisión o en la escuela, ¿por qué
la iglesia y mucha gente siguen insistiendo en que somos una mala
influencia? Defienden la santidad del matrimonio, como si
el resto fuéramos demonios. Defienden la familia
tradicional, como si una familia que no cumple su requisito
episcopal no mereciera llamarse familia. No hace mucho tiempo la
iglesia católica consideraba a los hijos que nacían
fuera del "matrimonio" como bastardos o de menor
categoría, como si no tener un papá casado fuera una
elección. La iglesia no acepta que los gays tenemos
derechos porque promovemos, según sus apuntes, la
promiscuidad y los malos valores. ¿Con qué prueba lo
dicen? No existe nada que demuestre que la iglesia tiene razón.
En cambio, sí existe evidencia de que la iglesia es capaz
de causar muchos daños trágicos, no solo emocionales
sino también bárbaros como guerras y genocidios.
Lo más irónico es que en nuestros países, específicamente
en El Salvador, la iglesia continúa guardando cierta
reverencia como la “la única y verdadera religión”
cuando en estos tiempos, ya no es un secreto que hay miles de
religiones, que la existencia de la iglesia católica en
Hispanoamérica es sólo una casualidad. Si los
colonizadores hubieran sido árabes, seríamos
musulmanes. Si hubieran sido chinos, seríamos budistas,
etc. En fin, cualquier religión podría haber sido la
nuestra. Pero, desgraciadamente, nos tocó la católica.
No quiero decir que las otras fueran mejores o peores, porque no
las conozco, pero la católica, que sí conozco, no
tiene un historial muy decente.
Si debiéramos tener una religión, debería ser una
nuestra, con un Dios maíz y un Dios de la
lluvia (con mayúsculas). Pero la iglesia católica en
complicidad con los invasores españoles no sólo se
encargaron de exterminar a nuestros antepasados, sino también
de que los que quedaban fueran sirvientes y abandonaran su lengua,
sus costumbres y su religión. Porque para la religión
católica los indígenas eran seres con costumbres
paganas, inferiores. Si algunos indígenas sobrevivieron es
porque dentro de la misma iglesia católica hubo
proteccionistas del indígena, como Fray Bartolomé de
las Casas, a quien se le ocurrió que los indígenas
podían tener "alma" al contrario de los
negros. Supongo que deberíamos agradecer la bondad del
Frayle, quizá los negros no mucho.
Y es que nunca he podido asociar la religión
católica con mi herencia salvadoreña. Me siento más
espiritual y más cerca de una existencia celestial cuando
estoy en Joya de Cerén, el Tazumal o en un volcán
que cuando me pongo en frente de imágenes de santos cheles,
barbudos y creados a semejanza del hombre europeo. Qué
coincidencia que para ser santo y papa se deba ser europeo, de
preferencia italiano. ¿Es que acaso en El Salvador nadie se
da cuenta? ¿Nadie siente algo? ¿Por qué no
tenemos respeto por nuestros verdaderos ancestros quienes
ofrendaron sus vidas de la manera menos piadosa por nosotros en
vez de adoptar una religión exportada de un mundo distante
que no nos pertenece? Acaso la religión católica
junto con los conquistadores tuvieron respeto por nuestras
creencias y cultura. Si así habría sido este artículo
estuviera escrito en pipil. Da la impresión de que la vida
de quienes murieron por no ser parte de la tarea evangelizadora
fue en vano. A nadie parece importarle que nuestros antepasados
hayan tenido que ceder sus tierras, su idioma y religión a
cambio de sobrevivir, aunque sea siendo sirvientes. ¡Pero en
El Salvador ya no hay colonizadores! ¡Ya no tenemos que
someternos a ninguna costumbre que no queramos!
Ojalá me esté equivocando, y las cosas
dentro de la iglesia católica ya no sean tan tenebrosas
como las que se ocultan en su oscuro pasado y haya gente con
verdaderos principios y sensibilidad humana, deseosos de no sólo
cambiar las almas de quienes sobrevivieron el genocidio que inicio
en 1492 sino también de llenarlos de pan y esperanza en un
tiempo en donde todo hace más falta que biblias. Me
gusta pensar que no todo es tan macabro en el mundo católico
y reconozco que conozco gente católica con un corazón
muy GRANDE. Pero cuando leo artículos de columnistas que se
dicen llamar católicos en donde hablan de la homosexualidad
como si fuera una nueva secta satánica, me dan escalofríos
y no puedo entender por qué piensan así. Es
inevitable pensar que los valores morales de la inquisición
española todavía existen disfrazados, capaces de
destruir corazones inocentes. Como ellos dicen llamarse católicos
asumo que son portavoces de las ideas de la iglesia católica
moderna. Quizá no sea así, y estas personas sean
casos de terrorismo psicológico aislado o fósiles
prehistóricos que en ninguna representan la posición
actual de la iglesia sobre la homosexualidad. ¡Dios quiera
que sea así!
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